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En 2008 pintaba mejor

By on 27/09/2013 in Boxed Economics with 0 Comments

Este Septiembre se han cumplido cinco años de la quiebra de Lehman Brothers. Una noticia que golpeó muy fuerte a los mercados financieros internacionales. Fue el inicio de la crisis mundial: la contracción del crédito, el decrecimiento económico y la destrucción de empleo. Las burbujas inmobiliarias acabaron de explotar. Las previsiones se empezaron a hacer a la baja y los había que saltaban desde la cima de edificios de Wall Street o de la City londinense. Pero no todo era tan malo hace cinco años. Por lo menos entonces se entendía que semejante revés al sistema económico mundial debía exigir cambios estructurales.

Obama en la cumbre de LondresEra la época de buscar responsables, plantear alternativas y debatir sobre el futuro. Tenía algo de esperanzador todo aquello. En 2008, durante la cumbre del G-20 en Washington, Gordon Brown hablaba de la necesidad de celebrar un nuevo Bretton Woods y establecer una nueva arquitectura financiera internacional para los años venideros. En la misma línea, Sarkozy proponía refundar el capitalismo sobre bases éticas. Todos los líderes internacionales defendían la revisión del sistema financiero. No sólo se criticaba la mala gestión de las entidades financieras, sino también el papel de las agencias de calificación de riesgos o las instituciones estatales de regulación. En la cumbre de Londres, un recién elegido Obama hablaba de la necesidad de refundar el sistema financiero mundial por completo. Eran tiempos duros, si. Pero había un discurso de cambio capaz de ilusionarnos de algún modo.

Con el tiempo ese halo de reformismo se ha ido desvaneciendo. En España, la reforma del sistema financiero se ha limitado a la fusión de entidades con vistas a aumentar su competitividad. Pero el problema principal, la falta de transparencia del sistema, sigue sin abordarse. Más de 11.000 millones de euros captados mediante participaciones preferentes únicamente en 2009 evidencian no sólo una gran despreocupación por aumentar la transparencia, sino una cierta complicidad política con la opacidad financiera. En el ámbito internacional, el gran cambio en el sistema financiero que auguraba Obama se ha quedado en una adulterada reforma aprobada sin pena ni gloria en el congreso estadounidense. En Europa, los grandilocuentes titulares de Sarkozy o Gordon Brown han desaparecido y sus sucesores han sido eclipsados por la sobriedad discursiva de Merkel. Los políticos han ido moderando cada vez más sus palabras. No se avistan ya grandes cambios. Al menos no en la dirección anunciada al principio.

Ya no son los mercados financieros los culpables. Se ha realizado un cambio discursivo consistente en señalar a la crisis de la deuda soberana, consecuencia de la crisis financiera, como el origen de todos nuestros males. No importa que desde que existen estados la naturaleza de la deuda pública haya sido contra-cíclica (esto es, que aumenta en tiempos de crisis y se reduce en tiempos de bonanza). Ni que en nuestro propio país el 13,8% del aumento de la deuda pública de los últimos 5 años se explique por las ayudas a entidades financieras quebradas. Tampoco que todos los datos macroeconómicos señalen a la deuda privada como la verdadera culpable del crunch crediticio. O que las mismas agencias de rating que fueron incapaces de detectar la toxicidad de las sub-prime sean las encargadas de determinar que es un “bono basura” y que es un “bono triple A”. Nada de esto importa: el cabeza de turco es el sector público. Un sector público con sus cruces, cierto, pero que no es culpable de todos los males de los que se le acusa.

No es que esté mal revisar la naturaleza del gasto público en un periodo en el que se penalizan tanto los déficits presupuestarios. Pero no está bien que al hacerlo nos olvidemos del verdadero problema: el Sistema Financiero. Se han propuesto fórmulas para sanear las cuentas publicas y penalizar la especulación financiera a la vez: la Tasa Tobin, los Eurobonos o la cesión de competencias a instituciones internacionales que coordinen la lucha contra los paraísos fiscales y la evasión fiscal son algunos ejemplos. Otras propuestas como la creación de una agencias de calificación a nivel europeo o mundial también han aparecido. Hay propuestas interesantes sobre la mesa y el debate se ha iniciado, pero después de cinco años poco se ha avanzado. Nada hace pensar que se hayan realizado los cambios necesarios en el sistema financiero para evitar los errores del pasado.

Pero mientras no se avanza en la remodelación financiera, la importancia del control del gasto público se ha magnificado hasta el punto de plantearnos la sostenibilidad del Estado del Bienestar. Se ha llegado al extremo de que Holanda, un país con un déficit público de apenas el 5,6% y con una deuda pública acumulada del 75% del PIB (diez puntos por debajo de la media europea) acaba de anunciar el fin del Estado del Bienestar. Lo ha hecho, atención, apelando a la insostenibilidad del modelo. Llegados a este punto, debemos preguntarnos: ¿Es la situación tan crítica como para anunciar la quiebra del Estado del Bienestar? ¿Es un periodo de crisis el mejor contexto para juzgar la sostenibilidad de un modelo social centenario? ¿Se han explotado todas las alternativas antes de llegar a este punto? Y sobretodo… ¿Estamos, a estas alturas, señalando bien a los culpables de la crisis?

Damian Rice.

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