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La rentabilidad, el objetivo real de la austeridad

“No nos gustan los recortes pero no queda otra opción”. “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” o “el sector público es demasiado grande e improductivo” son las frases más repetidas últimamente en Madrid, Barcelona, Londres o Atenas.

No sólo los dramas personales que implican los recortes son argumentados para oponerse a la austeridad. Desde sectores keynesianos, como Krugman, o Larry Elliot, se indica que una severa austeridad limita la demanda interna, el consumo y, finalmente, la recuperación económica.

¿Cuál es el objetivo real de la austeridad y por qué tanto empeño en llevarla a cabo a pesar de las nefastas consecuencias sociales y económicas?

Hay dos factores, el ideológico y el económico.

El factor ideológico es evidente: hay una voluntad de los neoliberales de reducir el sector público. Existe un antagonismo inherente a un aumento de la presencia y gasto estatal, que pudiera amenazar el dominio del sector privado, como la estimulación de la demanda, impuestos sobre los beneficios, excesivas prestaciones sociales, regulaciones o interferencias con el libre mercado.

El factor económico es aún más importante: el principal objetivo de la austeridad es restablecer la rentabilidad del sector privado, reducido con la actual recesión.

De hecho, el margen de beneficio privado de las principales economías del mundo lleva una decadencia relativa desde la crisis de los años 70, debido, en parte, al aumento de la competitividad en un mundo globalizado, principalmente el sudeste asiático.

Solo el gigantesco aumento de expansión crediticia (deuda privada de capital ficticio, principal pero no únicamente hipotecario) ha retardado la crisis que, finalmente, explotó en 2007, con el inicio de la Gran Recesión.

Para los neoliberales, reducir el gasto público y la proporción del sector público en la economía, no sólo son fines en sí mismos, que también, sino medios en el objetivo de aumentar las ganancias bajando los costes fiscales, laborales y sociales.

Aunque a corto plazo se contrae la demanda interna,  a la larga, se reequilibrará la economía, dinamizará el sector privado y se logrará el crecimiento.

El objetivo neoliberal no se reduce a la presión presupuestaria, sino, sobre todo, a las flexibilizaciones del lado de la oferta, que permitan un nuevo nivel de lanzamiento de la rentabilidad.

Los casos más claros, y que suceden en España, son la liberalización del mercado laboral (tanto público como privado), la reducción de salarios y pensiones, y toda una batería de desregulaciones (la última sobre la contaminación) y privatizaciones.

Son los repetidos ajustes estructurales, que defiende todo el stablishment neoliberal: desde el Tea Party a la Troika, desde Ferguson a Sala i Martin, desde Merkel a Mas-Colell.

Si a esas reformas se suma el proceso de destrucción creativa de capital privado improductivo y su deuda (vía liquidaciones o devoluciones), entonces, potencialmente, se crearían las condiciones para una nueva ronda de inversiones y generación del crecimiento desde el sector privado.

El caso de Grecia es ejemplar. Grecia ha sido el laboratorio de la austeridad en Europa desde que en el 2010 se impuso a cambio de préstamos. En los últimos tres años se han reducido los salarios y las pensiones en un 40%. Y se está imponiendo trabajar seis días a la semana. De hecho, los griegos ya son los que más horas trabajan en toda Europa.

Los costes laborales en el sector privado griego se han reducido un 18.5%. Éste es el genuino objetivo de la austeridad. Y empieza a tener resultados: el diferencial de costes laborales entre Alemania y Grecia, que había aumentado desde la formación del euro, se ha reducido en casi la mitad en solo tres años.

En España ocurre algo similar. Si se mantienen las tendencias actuales, tanto Grecia como España superaran en productividad a Alemania en 2015.

En sí, la austeridad está dando, parcialmente, resultados. Pero hay varios obstáculos.

La autorregulación del mercado lleva tiempo. Por ejemplo, en la depresión de Inglaterra a finales del siglo XIX, se tardó veinte años a volver al crecimiento y sólo fue después de una renovación de capitales, una gran emigración y la expansión territorial para compensar la caída  de la demanda interna: el colonialismo.

Otro obstáculo son las resistencias a destruir el capital improductivo. No dejar caer Bankia y rescatarla con dinero público es el ejemplo más cercano.

Hay otros problemas. Si el problema fuera exclusivamente de Grecia o España, la austeridad podría lograr, a largo plazo, sus objetivos. Pero la dependencia a una situación mundial inestable supone una constante presión negativa a una perspectiva resolutoria. Se trata de un catch-22. España y Grecia son los principales focos de inestabilidad global, y ésta, a la vez, imposibilita que la austeridad dé más resultados al limitar la confianza de los inversores. Con una nueva tormenta financiera global, los esfuerzos y sacrificios hechos hasta ahora habrían sido en vano.

La pregunta es: ¿a qué precio se lograría crecimiento con la austeridad?

Para que la austeridad funcione, las fuerzas laborales deberían ceder aún mucho más de lo actual: reducir los costes, los gastos sociales y el sector público en sí, con dramáticas consecuencias sociales.

A pesar del aumento en productividad, Grecia lleva tres años en recesión, convirtiéndose en la primera economía europea que entra en depresión desde los años 30. Es más, los niveles de deuda pública han escalado.

En España vamos a ésta dirección.

La emigración es un claro ejemplo de cómo la improductividad de la economía tiene un alto excedente de trabajadores, que, de otro lado, suponen un lastre para unas ya por sí presionadas finanzas públicas. La emigración como método de aliviar las prestaciones y el gasto social. En los dos últimos años, casi un millón de trabajadores (aproximadamente un 5% de la fuerza laboral activa) han emigrado de España.

La potenciación de la emigración desde las instituciones públicas roza lo vergonzoso. Un ejemplo es el conseller catalán que recomendó a los jóvenes a irse a Londres a servir cafés.

España no es el único caso de revitalización económica a través de la emigración. Otro país periférico, Irlanda, ha visto aumentar su emigración superando los niveles de los años 80.

Otra consecuencia directa de la austeridad es la reducción del poder adquisitivo de las clases trabajadoras, en parte culpa de una congelación salarial acordada con los sindicatos burocráticos. España tiene actualmente la brecha más alta entre salarios e inflación desde 1985.

La parte más engañosa del argumento neoliberal es el de “vivimos demasiado tiempo por encima de nuestras posibilidades y ahora toca recortar”, cuando, en realidad, la deuda pública ha aumentado principalmente por la socialización de las pérdidas del capital privado, el rescate a la banca y a la caída de la recaudación por las políticas de austeridad, y, en todo caso, el 57% del total de la deuda española pertanece a bancos y grandes empresas.

La peor de las consecuencias, como uno se puede imaginar, es el aumento de la pobreza y la desigualdad.

Con la austeridad, España se ha convertido en el país con más desigualdad de la UE (por encima de Grecia y, incluso, de la súper-periférica Europa del Este). En 2011 España sacó el índice Gini más alto desde que hay registro, un 0.34.

El ratio 80/20 también pone a España primero. La diferencia entre ricos y pobres está en el nivel más alto de los últimos 30 años. Es más, las familias española han sufrido una pérdida de riqueza del 18.4% de 2012 respeto al año anterior.

España también ha bajado los niveles de literalidad y acceso a servicios básicos, perdiendo posiciones en el Índice de Desarrollo Humano.

El principal responsable, aunque no el único, es el aumento del paro, que llega ya al 25%, y que la desregulación laboral no hace sino empeorar. Más de 1.7 millones de hogares españoles tiene todos los miembros en el paro. El 33% de los parados ya no reciben ayuda alguna del estado. La congelación de las pensiones es otro de los factores.

El espiral dialécticamente negativo de la austeridad con el crecimiento, el paro, e, incluso, la deuda pública es el principal argumento de los keynesianos para oponerse.

Ellos centran su discurso económico en el crecimiento, no la rentabilidad. Por esto su plan de salida de la crisis pasa por un aumento de la demanda agregada, y para ello, unas contra-cíclicas políticas monetarias y fiscales expansivas.

Han calculado incluso el multiplicador fiscal de la austeridad, la correlación de la variación del gasto público con el crecimiento:

En el caso griego el resultado es evidente. En los últimos tres años el gasto público griego ha caído un 16%. La economía se ha contraído un 19%. Supone un multiplicador de 1.1875, el más alto de la Unión Europea.

En Catalunya, desde  la entrada en el gobierno de CiU, el multiplicador se sitúa en el 0.18, aunque va aumentando y se podría acercar a los niveles griegos en 2013, cuando tengan más efecto las políticas económicas de Mas-Colell.

La alternativa keynesiana, no obstante, parece un tigre de papel. Recortar menos o menos rápido hasta que se reactive la economía privada podría no ser más que retrasar algo inevitable.

El cómodo punto intermedio en el que se sitúa el keynesianismo ahora sólo supone atenuar a corto plazo las consecuencias de la crisis, más que ser un proyecto real de salida de ella.

Su gran ejemplo es el New-Deal de Roosevelt. Si bien es cierto que se evitó un colapso total del sistema social y económico, la realidad es que la economía norteamericana solo aumentó inequívocamente con el inicio de la segunda guerra mundial y el control estatal de la economía y los salarios.

Hay que recordar que el modo de producción capitalista no se basa ni en el aumento de la demanda ni en el crecimiento, sino en hacer beneficios.

Y para hacerlos hay que destruir aún mucho más capital improductivo, pues los márgenes de rentabilidad son aún demasiado bajos para dinamizar la economía privada y para que ésta invierta suficientemente para la recuperación y revitalizar la demanda.

No obstante, los keynesianos están en lo cierto en priorizar el corto plazo: dejar hacer al mercado en los tiempos actuales por un supuesto futuro ideal, podría conducir a la quiebra o directamente a una caótica anarquía liberal antes de lograr los resultados esperados. “A largo plazo, estamos todos muertos”.

Sin embargo, el debate de fondo no se reduce aquí. De un lado, el problema europeo de productividad y competitividad se debe, en parte, a una presión del sudeste asiático con ínfimos costes laborales, excedente de trabajadores y pequeño gasto social. De otro lado, la presión para aumentar la rentabilidad es intrínseca en el sistema.

El camino de la austeridad pasa por desmantelar para siempre el estado del bienestar. Volver 100 años atrás.

Desde una estricta perspectiva económica, desmantelar el estado del bienestar supondrá unas externalidades de conflicto social que sólo un aumento del autoritarismo podría sostener. Si la tendencia actual se mantiene, que vuelvan los coroneles en Grecia no es descartable y, por mucho premio nobel, si el orden sirve para seguir pagando la deuda externa, podría contar con el apoyo de Europa.

Que no haga falta volver a una guerra o las dictaduras para ver que el estado no es el culpable, que no es que hayamos vivido por encima de las posibilidades. Sino que se ha desregularizado demasiado el sector privado y dejado consolidar la dinámica de búsqueda del máximo beneficio. Que se debe impagar la deuda y recuperar el control de la política económica.

Y es aquí donde Krugman y compañía deberán posicionarse. Mantener la economía moribunda gracias al sector público sólo retrasa el problema.

O se deja vía libre a la austeridad neoliberal, o se empieza a trazar una alternativa de intervencionismo real, de dominio público sobre la economía, regulación estricta a los mercados, control del capital financiero y  protección frente el sudeste asiático.

En fin, una economía planificada desde el sector público para el interés general, promoviendo el pleno empleo, la economía industrial, el desarrollo y el crecimiento económico.

Blindando el estado del bienestar, la erradicación de la pobreza e incentivar la igualdad material, con una limitación y clara y total redistribución de las ganancias.

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There Are 15 Brilliant Comments

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  1. Un articulo muy esclarecedor. Merece la pena seguir su bitacora

  2. unocualquiera says:

    Lo que se dice de Krugman ya lo está aplicando Ben Bernanke en los EEUU comprando a mansalva deuda pública que poco se diferencia de imprimir dinero a mansalva ¿y como va su economia? Vosotros podreis distinguir si quereis el keynesianismo del neoliberarismo, pero para mí son lo mismo. ¿Por qué? Porqué básicamente la intervención de una cosa tan poco democrática como es la FED (y todos los bancos privados que estan detras de ella que se han beneficiado tanto del boom previo como de la actual coyuntura) ha sido decisivo tanto en la época del boom crediticio privado e inmobiliario neoliberal -en el que propició tipos de interés bajisimos para disparar los créditos- como ahora en la era post-resaca del boom inmobiliario con el actual boom público de deuda estatal keynesiano en el que básicamente se está socializando todas las deudas privadas del boom previo. Ahora decidme ¿que diferencia hay entre estos 2 contextos? Porque todas las deudas, sean privadas del boom previo como las publicas del boom actual las acabaremos por pagar al final los mismos de siempre. Un bonito espectáculo para reventar la economía productiva real y hacer ricos a unos cuantos para emprobecer al resto y que ya pasó en el pasado con los felices años veinte y el posterior crack del 29 y que acabó con la II Guerra Mundial. Los gastos improductivos de los que se menciona es fruto de ese boom artificial previo que nunca volverá porque cuando una burbuja explota tienes una reducción a la nada en la economia relacionado con la burbuja que o lo liquidas rápidamente asumiendo las pérdidas para crecer posteriormente o sales creando otra burbuja de deuda. Evidentemente, los politicos en connivencia con los bancos, han optado por lo segundo para salvar sus culos en detrimiento de los ciudadanos y especialmente en países bananeros como España.
    Porque a todo esto os voy a hacer una pregunta muy sencilla: si una persona o una familia está endeudado hasta las cejas, la solución al pago de su deuda es ¿endeudarse más como propugnan los keynesianos? Porque con esa deuda se ha podido beneficiar de un ‘bienestar’ social como es comprarse un coche o tener un seguro privado, ¿como lo hacemos para pagar ese ‘bienestar’ en un momento de caída de ingresos?¿refinanciando y endeudandonos aún más para tener un problema mayor en el futuro?¿o sería mejor recortar/liquidar en aquello que no podemos permitirnos, aquello que nos sobra y adaptarnos a aquello que podamos permitirnos? Evidentemente que hay que matizar las diferencias entre un país y una familia, pero la base economica -aquello de la pela es la pela- y la sensatez es válido para todo el mundo. Reflexionemos.

  3. marti says:

    Muy buen artículo; yo resaltaría la la diferencia fundamental entre Productividad y Rentabilidad; a veces nos quieren confundir mezclándolas.
    La Productividad interesa al país y a los asalariados, y por sí mismo al capital se la repamplimfla , ya que sólo le interesa como Vehículo a la Rentabilidad.

    La rentabilidad puede conseguirse de dos maneras: con alta productividad y sueldos acordes o con baja productividad y sueldos míseros.
    Es evidente que es mejor la primera solución, (la única para un Estado del Bienestar) pero el capitalismo no va a buscarla automáticamente.

    Personalmente, creo que es muchísimo mejor optar por el intervencionismo antes que por la senda austera neoliberal. Sin ser economista, creo que nos ahorraríamos muchos anti-depresivos.
    Un cordial saludo.

  4. El Pasmao says:

    Lamentablemente y según mi criterio estamos metidos en aquello que Naomí Klein denominó ‘la doctrina del shock’… Lamentablemente…

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